Barcelona no se formó en un día, ni en un año, ni siquiera en un milenio. Y, aunque tenemos indicios de que los primeros habitantes se instalaron hace unos 4.000 años, no hace falta buscar entre piedras y ruinas para aprender sobre la ciudad. Muy cerquita de Glòries encontramos uno de los edificios más interesantes y que más historia tiene por contar de Barcelona: La Farinera del Clot.
Pese a que hoy en día es un centro cultural dedicado a promover el teatro, las artes y la enseñanza entre los barceloneses y, especialmente, los vecinos de Sant Martí, se fundó para otra tarea que no es difícil de adivinar por su nombre: como fábrica de harina.
El edificio original se construyó en 1852, aunque solo funcionaba como almacén de cereales y molienda tradicional. En 1892, el negocio se profesionalizó y popularizó como Casa Harinera de San Jaime. Durante los 99 años que estuvo activa, llegó a producir el 36% de toda la harina que se consumía en Catalunya.
Una reforma modernista y un papel clave en la Guerra Civil

Pero fue en 1908, en plena ebullición industrial y apogeo del modernismo en Barcelona, cuando el arquitecto Josep Maria Pericas i Morros diseñó un enorme complejo de ladrillo rojo de cuatro plantas y estética entre industrial y modernista. Actualmente solo se conserva el edificio más grande, pero a su alrededor había dos naves secundarias que fueron derribadas en los 90.
Durante la Guerra Civil, el edificio fue colectivizado por los comités obreros y sindicatos y su producción pasó a ser controlada por la Generalitat y el Gobierno de la Segunda República para asegurar el suministro de pan en tiempos de escasez. La Farinera continuó activa durante todo el siglo XX, pero poco a poco fue quedándose obsoleta y perdiendo protagonismo dentro de la industria harinera, hasta que en 1991 echó el cierre y el edificio quedó abandonado.
La reconversión en centro cultural
La presión popular y la necesidad de los vecinos de disponer de espacios públicos y culturales en una época en la que la mayoría de naves se derribaban para construir bloques de viviendas llevaron al Ayuntamiento de Barcelona a comprar el recinto y convertirlo en espacio social. Tras la adquisición se planteó una reforma integral del edificio, pero finalmente se decidió salvar la parte mecánica de la fábrica e integrar el pasado industrial dentro del nuevo espacio.
Hoy, la Farinera del Clot es uno de los centros culturales más activos de la ciudad, pero visitar su interior sigue siendo un viaje a los siglos XIX y XX, cuando las turbinas y los conductos transportaban trigo a plena marcha; ahora, son testigos de las exposiciones, clases y obras de teatro que se celebran entre sus paredes.