Hay rincones en la ciudad que parecen guardar silencio a propósito, escondiendo historias de piedra lejos de las grandes rutas turísticas. Hablamos de la Torre Bellesguard, una joya erigida en la calle homónima entre 1900 y 1909 por encargo de Jaume Figueras, que fusiona el alma del modernismo con los ecos de un pasado neogótico.
Levantada exactamente sobre los restos del antiguo refugio de Martín I el Humano —el último conde de Barcelona—, esta fortaleza permaneció ajena a las miradas de los vecinos hasta el año 2013. Su trayectoria dio un salto histórico el año pasado, cuando el grupo Catalana Occidente desembolsó 30 millones de euros para hacerse con la finca, tomando el relevo a la familia Guilera, quienes habían sido sus guardianes históricos de forma ininterrumpida desde 1944.
La traición a la línea curva
«La línea recta pertenece a los hombres, la línea curva es de Dios». Esta máxima, atribuida a Antoni Gaudí, es el dogma que vertebra casi todo su legado. Su obra rara vez admite la rectitud, pero la Torre Bellesguard es la gran excepción a la regla. En cierto modo, es el proyecto donde el arquitecto se contradice y traiciona sus propios ideales, apartando las siluetas orgánicas a las que nos tiene acostumbrados para abrazar una geometría mucho más rígida y terrenal.
El diseño de la casa navega a medio camino entre el modernismo pleno y el neogótico de sus primeros años de carrera, una etapa de la que beben también otros de sus trabajos locales como el Celler Güell o el colegio de las Teresianas. Sin embargo, la auténtica inspiración detrás de su fachada es puramente medieval: la estructura rinde un tributo innegable al viejo castillo señorial que siglos atrás dominó esa misma parcela.
Durante casi siete décadas, el interior de la torre fue un absoluto misterio para los barceloneses. La familia Guilera mantuvo la residencia estrictamente privada hasta que, en 2013, la necesidad de financiar diversas reparaciones del recinto les obligó a abrir finalmente sus puertas al público. Esa etapa de apertura ciudadana culminó con el reciente traspaso millonario, cerrando un capítulo más en la historia de la obra más atípica del genio modernista.