Durante los últimos meses, el gran pulmón verde de Barcelona ha respirado a puerta cerrada, sumido en un letargo atípico sin el habitual ir y venir de paseantes, deportistas y familias. Ahora, este episodio sin precedentes enfila por fin su ansiada recta final: el Parc de Collserola volverá a abrir sus caminos de manera inminente hacia finales de noviembre o, a más tardar, cuando concluya el año.
La decisión llega tras confirmar que el brote de peste porcina africana (PPA), responsable de once meses de restricciones y más de seis de blindaje total, ya prácticamente ha desaparecido. Òscar Ordeig, conseller de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación, ha avanzado que la vuelta a la montaña se hará de manera progresiva y escalonada a través de «corredores seguros», un paso indispensable para asegurar el éxito de una contención que se ha logrado en un tiempo récord en toda la Unión Europea.
De «bomba de relojería» a un entorno controlado
En el área considerada como la «zona cero» de la crisis sanitaria, el panorama ha cambiado drásticamente. En el momento de mayor alarma, la densidad de población de jabalíes era de unos 20 animales por kilómetro cuadrado, un escenario que ha llegado a definirse como una auténtica «bomba de relojería». A día de hoy, esa cifra se ha reducido a menos de un ejemplar por kilómetro cuadrado.
Aunque recientemente se han notificado algunos casos positivos en las pruebas, desde el Govern aclaran que corresponden únicamente a restos de animales muertos, lo que confirma que el virus ya no está circulando activamente por el entorno natural.
Paciencia para no dar pasos en falso
La clave para afrontar esta inminente desescalada es la prudencia. Desde la conselleria se pide paciencia y confianza a una ciudadanía que, en muchos casos, ha llegado a reclamar la apertura del parque por cuestiones de salud mental y ansiedad ante la falta de acceso a la naturaleza.
El objetivo de este retorno paulatino es, precisamente, proteger el gran esfuerzo colectivo de los últimos meses. Ordeig ha sido tajante respecto a los tiempos de esta operación, advirtiendo que una reapertura total e indiscriminada supondría un riesgo inasumible: «Si ahora nos precipitamos, puede hacer que volvamos al punto de partida».
El impacto en los negocios de la montaña
El silencio en los caminos no solo ha afectado al ocio y al deporte barcelonés, sino que ha supuesto un duro golpe para la economía de los negocios situados en los aledaños del parque.
Negocios de Vallvidrera y otros municipios del parque, como la histórica Casa Trampa, han avisado desde el principio del confinamiento las afectaciones a su facturación que suponía prohibir el paso en una zona que depende, en gran parte, de los excursionistas y ciclistas de fin de semana. La misma Casa Trampa , un negocio histórico con más de 100 años, ha anunciado en varias ocasiones que el confinamiento estaba cerca de llevar al cierre del local.
Para intentar paliar los daños económicos de este medio año sin visitantes, la administración ha diseñado unas ayudas específicas. El requisito indispensable que marca la normativa para acceder a este balón de oxígeno es que los locales demuestren una caída de al menos el 30 % en su facturación. Ante la preocupación del sector, el titular de Agricultura ha dejado la puerta abierta a ampliar o complementar estas medidas si fuera necesario, asegurando que desde el Govern tratarán de asistir a los afectados: «Ajudaremos en lo que podamos».