Chicha Limoná, el bar que todo lo puede

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En el número 80 de Paseo Sant Joan está el bar que encandila a todos los públicos.

Recuerdo el desconcierto tras la primera ley antitabaco. Recuerdo que no pocos bares y restaurantes hicieron obras aparatosas para dividir el local en dos partes: aquí los fumadores para que se echen su partidita de dominó mientras se bajan su vermú y aquí los que tienen los pulmones sin mácula alguna. Recuerdo también que esta transición a la prohibición total duró bien poco.

Bien, uno podría pensar -si no fuera porque se abrió en junio de 2015- que Chicha Limoná es uno de esos locales: no es habitual que un bar se divida en dos partes. No es habitual, claro, si no hay un concepto que lo justifica. Y en Chicha Limoná, que además de por el espacio se define por su vasta y cuidada carta, el concepto le da sentido. El fin justifica los medios.

La propuesta de Chicha Limoná -no hace falta ser de los más viejos del lugar para recordar que fue un concesionario de coche- es divertida, canalla y para todos los públicos.

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Chicha

En la expresión (ni chicha, ni limoná), chicha es una bebida alcohólica, precolombina, bastante fuertecilla, típica de Centroamérica y elaborada a partir de maíz. Limoná, por otro lado, es una bebida suave hecha a base de limón, azúcar y vino blanco.

Bien, pues el local de Chicha, lógicamente, hace referencia a la primera parte de la expresión. A la bebida más fuerte. Y es que aquí, en Chicha, es donde no se recomienda ir antes de coger el coche. Donde se altera el estado mental. Donde te pones un poco mecedora. En Chicha hay vermouth, cervezas artesanas, vinos. Aunque también hay tapas, platos, platillos, aperitivos, claro. Bullicio, brindis, movimiento, chin, chin y todo el rollo.

Es una zona que conserva (por cierto, también tienen conservas) el espíritu de las viejas bodegas. Pero que le añade un toque canalla.

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Limoná

Limoná, por contraste, no puede ser otra cosa. Aquí todo va más tranquilo, es un concepto desenfadado el que vehicula su existencia. Aquí triunfan los zumos, los panes y los dulces hechos por su propio obrador, triunfan las meriendas, la tranquilidad, la conversación pausada y el libro de Bolaño que acompaña al café.

Pero, especialmente, triunfa el brunch.

El brunch es el desayuno del buen vividor. A saber, uno se despiertaa las tantas, famélico y sin voluntad de cocinar ni desayunar y, ¿qué le queda? El brunch, claramente. Nacido como un apócope entre breakfast -la reflexión filológica aquí también tendría sentido- y lunch, uno de los mejores sitios para disfrutarlo en Barcelona es Chicha Limoná. Y quien lo ha probado lo sabe.

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Se puede hablar de Chicha Limoná en los que Heráclito hablaba del rio, con un matiz: nunca comes lo mismo en Chicha Limoná. Aunque, bueno, la certeza de esta afirmación es parcial y se entiende sabiendo que la carta se renueva cada seis meses.

Otra cosa curiosa y que tiene formato de refrán y visos a trascender si no viviésemos en la época de la inmediatez es lo siguiente. Es muy refranizable decir que has empezado en Limoná y que has acabado en Chicha.