Subir a Montjuïc siempre tiene algo de ritual de desconexión, un alejarse del asfalto para perderse entre museos y miradores que, aunque creamos conocer de memoria, siempre guardan un as bajo la manga. La montaña mágica es experta en esconder rincones que, por hache o por be, han quedado fuera del radarGuía Secreta: Los lugares ocultos que ver en Montjuic del paseante habitual durante décadas. A veces son jardines cerrados por mantenimiento, otras veces son espacios que simplemente no formaban parte del recorrido oficial de las instituciones que los custodian.
Precisamente eso es lo que acaba de cambiar en uno de los edificios más icónicos del skyline cultural barcelonés. La Fundació Joan Miró, ese buque insignia de la arquitectura de Josep Lluís Sert, ha decidido que ya era hora de que los visitantes dejaran de mirar por la ventana para pasar a la acción. En el marco de su 50º aniversario, el museo ha dado un vuelco a su propuesta para hacerse más abierto, más «democrático» y, sobre todo, más verde.
Un tesoro de 240 metros cuadrados firmado por Forestier
La gran novedad de esta temporada no está solo en las paredes blancas del interior, sino en el extremo oeste del recinto. Se trata del Jardín de los Cipreses, un espacio que hasta ahora se sentía como un anexo privado y que hoy se integra plenamente en la experiencia del museo. No es un jardín cualquiera: su diseño original lleva la firma de Jean-Claude Nicolas Forestier, el paisajista francés que transformó Montjuïc para la Exposición de 1929 y que nos regaló joyas como los Jardines de Laribal.
Con una extensión de unos 240 metros cuadrados y una capacidad para albergar a más de 250 personas, este rincón no es un simple patio de paso. Es un pulmón de silencio escoltado por cipreses que ahora funciona como una extensión de las salas de exposición. Lo mejor de todo es que cuenta con un acceso directo desde la calle y conecta con las salas temporales, permitiendo que el diálogo entre la piedra, la vegetación y el cielo de Barcelona sea constante.
El regreso de ‘Mujer’ y la nueva vida de la colección
Pero, ¿qué sería de un jardín en la Miró sin una pieza que le de sentido? El gran reclamo visual de esta apertura es la instalación al aire libre de la escultura ‘Mujer’ (1970). La figura de bronce de Joan Miró parece haber encontrado su hábitat natural entre los árboles, reforzando esa idea del artista de que el arte no debe estar encerrado, sino en contacto directo con los elementos. Es, probablemente, uno de los «photo opportunities» más potentes que vamos a tener este año en la ciudad.
Esta apertura no es un hecho aislado, sino la punta del iceberg de una reforma integral en la manera de entender al genio catalán. La Fundació ha renovado la ordenación de su colección permanente, alejándose de los aburridos esquemas cronológicos para centrarse en los procesos creativos. Ahora, la visita es mucho más orgánica: puedes ver cómo nacía una idea en un boceto y, pocos pasos después, encontrarte con esa misma energía materializada en un jardín histórico bajo el sol de marzo.