Hay cierta poesía reconfortante en las cocinas que no se rinden a las prisas, aquellas donde el fuego crepita y las recetas de toda la vida se cocinan a fuego lento. Lejos del concepto industrial que a menudo persigue a los locales de barra libre, en Cataluña resiste un santuario del buen comer que lleva con las puertas abiertas de forma ininterrumpida desde 1977. Se trata del Buffet de Altafulla, coronado históricamente como el primer buffet libre de comida casera de la región y un rincón donde la tradición inagotable se sirve a cucharadas.
Este popular establecimiento se ha convertido también en el primer buffet en ser galardonado con un codiciado Solete de la Guía Repsol, un reconocimiento a su cálida y extensa oferta gastronómica. Con un precio de partida de 19,00 euros, el local congrega siempre a muchísima gente y divide su espacio en dos salas —una destinada a los pedidos a la carta y otra dedicada íntegramente al buffet— para ofrecer un auténtico festín diario donde conviven desde elaboraciones de marisco hasta carnes hechas al instante.
El paraíso de las brasas, arroces y marisco
Una de las grandes bondades de este espacio es su dedicación al producto caliente. En sus fogones, la carne se prepara al momento, ofreciendo a los comensales opciones tanto a la brasa como a la plancha para conservar todo el sabor. Para quienes buscan los clásicos más reconfortantes, los mostradores despliegan pollo a l’ast, jugoso codillo al horno y una variada oferta de guisos tradicionales que invitan a repetir.
El recorrido por sus estaciones es un homenaje al buen apetito. Tienen una zona especialmente consagrada a los amantes del grano y los fideos, donde se despachan paellas, fideuás e incluso arroz caldoso. El ritmo del local es vibrante y las bandejas de pizzas, así como la zona de pastas y fritos, se reponen sin parar. Todo este despliegue cuenta con una inmensa variedad de acompañamientos y el lujo añadido de poder servirse bandejas enteras de marisco.
Para equilibrar un menú tan contundente, el restaurante dispone de una zona fría ideal para que cada comensal se monte su propia ensalada, prestando especial atención a clásicos intocables como la ensaladilla rusa y el empedrat. A su lado, un rincón con pan y la libertad de servirse todas las olivas que se deseen completan la propuesta salada. El broche final lo pone una gran variedad de postres: un auténtico paraíso goloso compuesto por bandejas enteras de pasteles, dulces variados y helados que explican perfectamente por qué este clásico sigue enamorando casi cincuenta años después de su apertura.