A veces Barcelona se empeña en jugar a ser otra ciudad. Lo hace cuando te pierdes por las callejuelas de Gràcia y crees estar en un pueblo, o cuando bajas por el Eixample y el aire señorial te recuerda a París. Pero si lo que buscas es teletransportarte directamente al corazón de Lima sin pasar por el control de pasaportes de El Prat, solo tienes que enfilar un área muy concreta del Borne que hasta ahora era más medieval que peruana: el entorno de la Plaça de Sant Pere.
En apenas unas calles contiguas, donde el Born se funde con la historia medieval de Sant Pere Més Alt, el asfalto barcelonés se ha rendido al pisco sour y a la leche de tigre. No es una exageración de redactor hambriento; es una realidad estadística y gastronómica. En este cuadrante mágico, conviven hasta seis restaurantes peruanos, cevicherías y hasta coctelerías especializadas en pisco que han convertido este rincón en el auténtico epicentro de la cocina peruana en la ciudad, rivalizando en autenticidad con cualquier puesto del Mercado Central de Lima.
Plaça Sant Pere: la plaza de los tres restaurantes peruanos

Lo fascinante de esta zona no es solo la cantidad, sino la variedad de propuestas que conviven puerta con puerta. Aquí no hay competencia feroz, sino una especie de ecosistema donde cada local tiene su parroquia. El epicentro de este «tsunami limeño» es la misma Plaça de Sant Pere, donde te topas con el Candela, un local donde se prepara una cocina peruana algo elevada, con recetas clásicas pero elaboraciones que le dan una vuelta al recetario tradicional.
Literalmente en el local de al lado está la Cevichería Nikkei, una propuesta que busca emular las pequeñas cevicherías de mercado limenñas, donde en pocos metros cuadrados se despiezan pescados y se aplastan limones para conseguir
No hay que andar mucho más para seguir con la ruta. En la misma plaza también reina Los Bachiche, un rincón que reivindica la cocina peruana con un guiño a la influencia italiana, una de tantas variantes de la cocina criolla nacida de la inmigración, en este caso italiana, que llegó al Perú. La pasta fresca a la huancaína o la milanesa con tallarines verdes (hechos con huacatay, ese orégano peruano), son lo mejor que puedes pedir ahí (aparte de su menú de mediodía, bastante imbatible en la zona).

Pero la cosa no acaba en la plaza. Si subes por Carrer de Sant Pere Més Alt, te encuentras con Pisco Punch, que como su nombre indica, es el lugar de referencia donde el cóctel bandera de Perú es el protagonista, perfecto para acompañar cualquier picoteo antes o después de la cena. Pide, obviamente, su pisco sour y, si quieres hacerte el listo de verdad, pide el chilcano, el gin tonic a base de pisco que los peruanos toman en su día a día (o noche a noche) en Lima.
Para cerrar este periplo, dos paradas más que confirman que la ruta es real. Por un lado, sr. Ceviche, una esquina encantadora en la calle Trafalgar donde su dueño, ecuatoriano, ha decidido reunir todos los ceviches de latinoamérica, desde México hasta el Perú haciendo una cocina latina realmente fina, con un chef que lleva varios años en el restaurante puliendo la oferta y donde no hay mentiras.

Por supuesot, hay ceviches de varios países (México, Perú, Colombia…), con variaciones en la proteína (pescado, pulpo…) y los acompañamientos (maíz, ají, aguacates…). Pero el talento fuerte está en los entrantes: encocados ecuatorianos, una causa limeña deliciosa, plátanos machos bien fritos y tacos muy bien paridos. No solemos ser fanáticos de las fusiones, porque cuesta clavar una cocina como para hacer varias a la vez, pero el Sr. Ceviche realmente nos gustó mucho. Comida contundente y sabrosa, platos sin fallo y esa sensación alegre en las papilas gustativas de cuando las limas, cilantros, quesos y ajíes te han golpeado el paladar para dejarlo vibrando por un buen rato después de la comida.
En la otra dirección está Costa Pacífico. Para llegar hay que ir hasta la Plaça Sant Agustí Vell, una de las más bonitas del barrio, donde se esconde esta cevichería mexicana que ya lleva años ofreciendo aguachiles y micheladas para convertir las noches del Born en una pequeña fantasía caribeña.

Y aunque el ceviche sea el rey, este microuniverso ofrece mucho más. En estos 100 metros puedes encontrar desde el anticucho más tierno hasta el arroz chaufa con ese toque ahumado del wok que es difícil de replicar en casa, o una causa limeña que te abraza el alma. Y por supuesto, la bebida. No hay visita a esta zona que valga la pena si no termina con una Inca Kola (ese refresco amarillo que sabe a chicle y a nostalgia) o un pisco bien batido que te deje con ganas de volver a recorrer las mismas calles, pero esta vez a cámara lenta.