Barcelona es una ciudad que, lamentablemente, se ha acostumbrado a conjugar el verbo “cerrar” cuando hablamos de sus locales con más solera. Estamos un poco cansados de ver cómo persianas centenarias bajan para no volver a levantarse, víctimas de un mercado inmobiliario que no entiende de memoria sentimental ni de guisos hechos a fuego lento. Pero, de vez en cuando, la narrativa nos da un respiro. Hay lugares que tienen las raíces tan profundas que, incluso cuando intentan arrancarlos, encuentran la manera de volver a brotar.
Una historia de resistencia digna de guión televisivo

La crónica reciente de Can Lluís es, literalmente, carne de ficción. Tras 90 años de vida de alquiler en el corazón del Raval, en 2021 la familia Bermúdez se vio obligada a recoger las ollas y cerrar la puerta tras un proceso de desahucio ejecutado por un fondo buitre, con engaños y malas prácticas de los dueños de por medio. Aquel episodio no solo fue un golpe para el barrio, sino que se convirtió en el motor de la serie Ravalejar (HBO), dirigida por Pol Rodríguez, hijo de la familia que regentó el local durante décadas.
La obra no es solo televisión; es el retrato crudo de la especulación y la turistificación que sacude Barcelona, utilizando a Can Lluís como el espejo donde se refleja la pérdida de identidad de nuestras calles. Pero hoy, ese relato de resistencia ha escrito un capítulo nuevo y esperanzador: el restaurante ha vuelto a encender sus fogones. Lo hace con la misma alma de siempre, aunque con esa cicatriz invisible de quien ha tenido que luchar cuerpo a cuerpo por su continuidad.
De la servilleta de Messi al recetario de Vázquez Montalbán

Si las paredes de este local en la calle de la Cera hablasen, nos contarían anécdotas que ya forman parte de la mitología de la ciudad. Se dice que en estas mesas, entre plato y plato, se gestó parte de la historia moderna del Barça, siendo uno de los escenarios donde el entorno de Messi se movía en aquellos tiempos del famoso contrato en una servilleta. Pero más allá del fútbol, Can Lluís era el templo de Manuel Vázquez Montalbán. El escritor, gran embajador del Raval, encontraba aquí la cocina catalana “de verdad”, esa que no necesita artificios para emocionar.
En esta nueva etapa, la carta sigue siendo un homenaje a la cocina sin trampas ni cartón. Sus caracoles guisados vuelven a ser los protagonistas, compartiendo mesa con joyas para gourmets como las garotas gratinadas (erizos de mar). No faltan tampoco los míticos buñuelos de bacalao de la casa ni sus impecables costillas de cabrito rebozadas.
Sentarse ahora a disfrutar de su cap i pota de libro o de su canelón tradicional es, en cierta medida, un acto de soberanía gastronómica. Es cierto que el restaurante ha perdido parte de su historia física en el camino, pero conserva intacta la esencia. Mientras el Raval mantenga vivos fogones como los de Can Lluís, la Barcelona auténtica todavía tiene una oportunidad.