El beso de la muerte, la escultura más aterradora de Barcelona

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Está en el cementerio de Poblenou.

La historia de Barcelona (y casi la de cualquier ciudad) se puede contar usando a los cementerios como elemento clave en cada una de sus etapas. Ocurre en Barcelona cada vez que se escava un poquito, cada vez que se quiere ampliar la ciudad a equis lado. Ocurre también con el Cementerio de Poblenou: los muertos conviviendo con los vivos como si de una Necrópolis se tratara. El cementerio integrado en la urbe.

Luego puede ser que el morbo, que la falta de prejuicios, que el amor a nuestros antepasados, que la curiosidad o que cualquier razón de cualquier índole nos hayan llevado a visitar el cementerio. Y en ese supuesto, seguro, nos hayamos quedado embobados mirando la escultura de El beso de la muerte.

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¿Cómo definirla? El beso de la muerte es la petrificación de la tristeza. De lo fúnebre. Es la historia de unas garras que se clavan en la carne joven desde hace casi un siglo. Un esqueleto alado que le da un beso en la frente a un hombre joven y guapo y si no fallecido, desfallecido.

Lo verdaderamente aterrador de El beso de la muerte no es la muerte en sí. Facilita las cosas, qué duda cabe. Pero lo aterrador es la dulzura. La posibilidad de que la muerte no sea traumática. La posibilidad de que la muerte no sea lo que es. Y de que no lo sea cuando le llega a una persona tan joven como lo es la retratada en la escultura. De que la muerte sea un socio, una figura arrepentida que se acerca piano piano, sin querer, de a poco, pidiendo perdón. Como un buen jefe al que desde arriba le obligan a despedir a un asalariado que trabaja bien.

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La visión de la escultura es tan magnética que ni Ingmar Bergman se libró de su influencia. El director sueco de culto, dicen, se inspiró en la estatua para grabar la película de El Séptimo Sello.

Es curioso que existan dudas con respecto a una figura susceptible de alterar la historia del cine. Normalmente se dice que Jaume Barba, quien solía recibir los encargos de este tipo, fue quien la pergeñó y quien le dio forma. Pero las malas lenguas dicen que cuando mandaron el encargo tenía 70 años. Y que lo más probable es que el autor fuera Joan Fontbernat, el yerno del maestro.

Lo que si está claro es que está sobre la lápida del empresario textil Josep Llaudet Soler. Eso y que en el epitafio pueden leerse unos versos del poeta catalán Jacinto Verdaguer:

“Y su joven corazón no puede ayudar;
en sus venas la sangre se detiene y se congela
y el ánimo perdido abraza la fe.
Cae sintiendo el beso de la muerte”.

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