La competición estaba reñida, pero ya tenemos al rey indiscutible de la cocina catalana, al menos por este año.
Este lunes, en la Antiga Fàbrica Estrella Damm, se ha celebrado la gran final de la décima edición del concurso «Plat Favorit dels Catalans», un evento ya clásico impulsado por la revista CUINA, Abacus y la Generalitat de Catalunya. Y sí, ese plato que asociamos a las fiestas de Sant Esteve y a las comidas familiares de domingo se ha llevado el oro.
Una final de infarto (gastronómico)
Que nadie piense que ha sido un camino de rosas. Para llegar al podio, los canelones han tenido que sudar la bechamel. La votación, que ha recogido más de 25.000 votos populares en cuatro semanas, se complementaba con el veredicto de un jurado profesional (con un peso del 30%) donde se sentaban chefs de la talla de Fina Puigdevall (Les Cols) u Oriol Castro (Disfrutar).
En la gran final, los canelones (defendidos por chefs como Carles Gaig) se enfrentaron a otros titanes de nuestra gastronomía: Botifarra amb seques, Suquet de peix y Cargols a la llauna.
Atrás quedaron otros 11 platos que son auténticos emblemas. Y duele ver a algunos «caídos» en combate: el fricandó (ganador en 2021), la escudella, los calçots e incluso, agárrense, el pa amb tomàquet. Casi nada.
La victoria se enmarca, además, en los actos de Catalunya Regió Mundial de la Gastronomia 2025, un reconocimiento que, como destacó el conseller Miquel Sàmper, busca «poner en valor el producto y también la elaboración de nuestros cocineros y cocineras».
El secreto barcelonés del canelón
Pero, ¿qué hace que los canelones sean tan nuestros? Aquí viene el plot twist. Aunque hoy es el símbolo de la cocina de aprovechamiento (la cuina d’aprofitament) por excelencia para usar las sobras del asado de Navidad, el canelón es, en realidad, un inmigrante.
La tradición no es tan antigua como la escudella. Según apuntan varias fuentes, como El Nacional.cat o GastroBarna, los canelones se popularizaron en la ciudad a principios del siglo XX gracias a los restaurantes de influencia francesa e italiana.
Muchos sitúan el epicentro de esta fiebre por la pasta en la Maison Dorée, un lujoso restaurante francés que abrió sus puertas en la Plaça Catalunya (sí, donde hoy está el Primark) y que triunfó entre la burguesía barcelonesa importando recetas parisinas, como los «Canelones Rossini».
Fueron los catalanes quienes le dieron su toque maestro, cambiando el relleno de carne picada cruda (a la italiana) por carne rustida (el rostit), a menudo la que sobraba de la carn d’olla o el pollo de Navidad o cociendo la pasta en lugar de dejarla al dente.

