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Esto es lo que se puede aprender de Barcelona si ves Merlí

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Esto es lo que se puede aprender de Barcelona si ves Merlí
Atención: el artículo contiene spoilers.

Entré en Merlí con muchos prejuicios, reticencias y reservas. A saber, mi primera aproximación a la serie fue un zapeo y todavía tengo pesadillas con el doblaje. Al poco reparé en que era una serie de institutos y pensé: vaya, una sucesión de clichés en la típica serie de adolescentes. Y, encima, está mal doblada -aunque, bien pensado, mal doblaje es un término tautológico-. Finalmente, algún tiempo después, me llovieron las recomendaciones y, confiando en el criterio de mi entorno, me lancé a Netflix a verla.

Apenas dos semanas más tarde y después de conciliar casi cualquier situación en soledad con ver la serie -cocinando o tendiendo la ropa-, me la acabé. Antes de seguir con el artículo, quiero apostillar una cosa: ¿No es un poco First Dates el final? Ojo, no digo que no me gustase, pero no sé, esa sucesión de ficciones me recuerda casi sin querer a First Dates.

En fin, tonterías aparte, he de decir que el personaje de Merlí me pareció en determinados momentos una versión catalana del Dr House. Insumiso, paternalista, irreverente, carismático, amoral, cínico, ácido, popular e impopular a partes iguales. Todos adjetivos que remiten a uno y a otro.

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Respondiéndome a mí mismo con respecto a lo de Merlí como serie de instituto: Merlí es una serie sobre adolescentes ambientada en un instituto, sí, pero su objetivo es llegar al máximo de audiencia posible. Y contra el refrán (“quien mucho abarca, poco aprieta”), Héctor Lozano -creador- consigue lo propuesto. O aparentemente propuesto. Así, sin ser caleidoscópica, Merlí tiene varias lecturas. Sin tener un subtexto denso, Merlí se adapta a distintos públicos: consigue crear en el adulto la sensación de nostalgia y en el adolescente, otras tantas -por ejemplo, la perspectiva social, aunque ruidosa y artificial, tiene efectos positivos (creo) en términos educativos-.

Lo mejor que le ha pasado a Merlí es estar en Netflix. Reservar esta serie sólo a los catalanes es como restringir el consumo de, qué sé yo, el caviar de beluga a los iraníes. A todas luces injusto y egoísta. De ahí que la serie sea un éxito en Argentina, de ahí que la serie sea un éxito en el resto del territorio español. Y de ahí también que alguno, como servidor, pueda sacar las conclusiones o los aprendizajes que alguien no catalán extrae de ver Merlí:

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1. El fuet se corta tan fino como para que se pueda ver la luna a través de él. Este comentario sorprende a Iván y a todos a los que Merlí se lo hace saber. Así que entiendo que es un poco exagerado, una pequeña y nada ofensiva hipérbole. Eso sí, seguro que los catalanes no cortan el fuet como yo cuando llego a casa a las cinco de la mañana un poco lacasito.

2. Los barceloneses odian a los turistas. Y Merlí es el máximo exponente de esta animadversión.

3. Como bien muestran (o, mejor, como bien no muestran) los barceloneses no se mueven frecuentemente por La Rambla. Tampoco por Plaça Catalunya ni Portal de l’angel. Este punto, deduzco, es consecuencia del anterior.

4. Las cosas no os dan pereza; os dan mandra.

5.  Con el dinero que Estrella Damm invierte en publicidad, podría empapelar el Ángel Guimerà con billetes de cinco euros.

6. Trempar es mi verbo favorito (vale, no es un aprendizaje al uso, pero si no lo digo, reviento).

7. Los catalanes no van, vienen. Ojo, porque esto me ha dejado al borde del colapso. Casi casi con la necesidad de repetir la escena cada vez que ponían en escena esta -para mí- incoherencia lingüística.

8. En segundo de bachillerato tenéis que hacer un trabajo final (un treball de recerca) que ríete de mi TFG.

9. No os vais de excursión; os vais de colonias.

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