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Barcelona es desagradable y Buenos Aires siempre ofrece consuelo (y viceversa)

A. del Castillo A. del Castillo

Barcelona es desagradable y Buenos Aires siempre ofrece consuelo (y viceversa)

Barcelona – Buenos Aires (once mil kilómetros) es un libro de relatos que recoge historias inéditas de 22 autores y autoras de uno y otro lado del océano.

Dice Vila Matas –antepongo la autoría de quien reproduce la frase a todo el artículo porque se conoce que el escritor barcelonés se ha inventado entrevistas a gente como Marlon Brando y nada me indica que en este caso no pueda haber pasado lo mismo– que Borges, en un intercambio epistolar, dijo de Barcelona que “es una ciudad desagradable. Estoy tentado de añadir que es la última ciudad de la Península. Fea, vulgar, gritona.”

Lo dijo (“lo dijo”) de una Barcelona lejana, de la Barcelona de los años 20’. Suerte tuvo la ciudad, quiero pensar, de que, uno, no sea la cita más famosa de Borges; dos, de que la condición de influencer no tuviese las mismas características hace un siglo. Digo lo de la suerte porque (en caso de haber trascendido la cita) a ver con qué cara iban a haber convertido los escritores del boom latinoamericano a Barcelona en su embajada en Europa. A saber: si el padre de un movimiento literario no avala la ciudad en la que escribieron sus pupilos (Márquez, Vargas Llosa o Donoso) ¿cómo iba a haber existido la Barcelona del boom?

Y digo lo de la suerte, también, porque la frase podría haber contribuido a hacer de la relación entre Barcelona y Argentina un auténtico quilombo. Quien sabe. Si la frase se hubiese propagado, quizás Messi no hubiera llegado nunca al Barça y la editorial Trampa no hubiera publicado Barcelona – Buenos Aires (once mil kilómetros). Y ambas circunstancias hubieran sido terribles.

Barcelona – Buenos Aires (once mil kilómetros) es un libro de relatos que recoge historias inéditas de 22 autores y autoras de uno y otro lado del océano. El motivo de la unión es la tradición literaria que une a ambas ciudades. La geografía literaria –este sintagma lo usa Juan Pablo Villalobos en la contraportada– de ambas ciudades es casi legendaria: la mejor literatura hispana del último siglo se desarrolla aquí o allí.

Creo que es la primera vez que reseño una antología de este tipo y no estoy del todo seguro de cómo se tiene que hacer. Sí que sé que puedo decir (y digo) que el leit motiv de todos los relatos son Barcelona o Buenos Aires o Barcelona y Buenos Aires. Si bien es cierto (y esto se agradece) que no todos los relatos son una forma de literatura del espacio. O sea, no es una reflexión pesada y recalcitrante sobre la ciudad. La cuestión de la(s) metrópolis pasa tangencialmente por muchas de las historias.

Es de elogiar que el retrato de Barcelona no sea monocorde y unidimensional; que no sea el que se ha instalado en los medios de comunicación y en algunas novedades editoriales desde ¿2015? a esta parte. Hablo de la monserga de la “Barcelona actual”, como si solo fuera posible una Barcelona: como si no hubiera vida más allá de la turismofobia. Como si Barcelona empezase en plaça Catalunya y acabara en la estatua de Colón.

Otra cuestión que se agradece es que los autores no son condescendientes con la ciudad. O sea, el libro no es una oda a Barcelona, por así decirlo. Franco Charavalloti, por ejemplo, desecha a Barcelona como lugar cálido para el foráneo y destaca el carácter hostil de la ciudad: “Durante esos tres meses viviendo en Barcelona solo había entablado alguna conversación con los ecuatorianos de mi departamento, con el paquistaní del locutorio y con algún levante casual en el Maremagnum”.

Descripción, por cierto, que no distaría mucho de la Barcelona “desagradable” que dibuja Borges. ¿Todo mal, todo nihilismo desde Borges hasta ahora? No, hay espacio para el elogio, igual que lo hubo en Borges. O al menos en su radiografía de Buenos Aires: “es honda, y nunca, en la desilusión o en el penar, me abandoné a sus calles sin recibir inesperado consuelo”. ¿Y Barcelona?, preguntaría un niño algo celoso, Barcelona también, en Barcelona también se encuentra consuelo porque Barcelona no se acaba nunca.

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