Belmonte, la tradición gastronómica catalana que resiste en el Gótico

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En tiempos de gustos culinarios centrífugos -ojo, sin que esto signifique nada malo-, siempre es de elogiar que resistan bastiones de la tradición

Una de las formas de epifanía que más me gusta es la identificación con el cliché. Cuando, instantánea y repentinamente, entiendes todo. Cuando lo que acostumbra a ser usado como palabra vacía cobra sentido. Es un momento tan odioso como fascinante: la primera palabra que te viene para definir x situación ya ha sido usada previamente. Bien, eso es lo que me pasó el otro día en Belmonte (Carrer de la Mercè, 29).

Belmonte es -y coincidieron conmigo unas cuantas personas- el típico sitio discreto que sabes que lleva ahí toda la vida (primer cliché), que está tan bien incrustado y camuflado por el contexto que no despierta la atención de los paseantes primerizos.

Hasta que te fijas, claro. Hasta que te fijas y entras y notas esa aura diferente (segundo cliché). Diferente y tradicional. Porque Belmonte es diferente desde la tradición.

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El encanto de Belmonte radica en, uno, la luz (uno pensaría que una Amélie barcelonesa pasaría la vida en este local); dos, el horror vacui (entendido como un elogio: el minimalismo no es una característica); y tres, los sifones (sifones como rinocerontes en cuadros de Dalí: sifones como lámparas y como elemento ornamental).

Y, dado que en primera y última instancia a un restaurante se va a comer, la cuarta es su carta. Su carta y la traslación del papel al plato. O, siendo menos pedantes: el plato y su preparación.

Una de las palabras que siempre había creído vacías y que tomó sentido cuando fui a Belmonte es honestidad. Honestidad, como la entiendo, es un adjetivo demasiado personal. Hay que echarle mucho lirismo para decir que un restaurante es honesto, pensaba. En Belmonte trabajan con productos de temporada, no tienen microondas -todo se hace al momento- y son ellas mismas -Carmina y Mercè, las dueñas- quienes tienen en el Vendrell una huerta. Así que sí, tercer cliché, la cocina de Belmonte es honesta.

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Otra cosa interesante es que el concepto que vehicula Belmonte es el de tradición sin pretensiones. ¿Sin pretensiones de qué? De disfrazarlo todo de una mirada al pasado; de revestir todo de un punto moderno recalcitrante. Belmonte es lo que es. Sin artefactos.

Abandonando el plano abstracto y aludiendo con un poco de precisión a la carta, diremos que ir a Belmonte y no pedir los patatones con romesco es un pecado (cuarto cliché). Mención aparte merecen sus tortillas. Tortillas que, con el perdón de mi madre, son de lo mejor que he probado. Hechas según los cánones, rellenas con productos de temporada y con huevos de gallinas criadas en libertad. Las tortillas de Belmonte son un must (quinto cliché).

Por ir acabando, sólo quedaría decir que reivindicar el Belmonte es como cuando llueve sobre mojado (sexto cliché). El Belmonte se reivindica solo. En tiempos de gustos culinarios centrífugos -ojo, sin que esto signifique nada malo-, siempre es de elogiar que resistan bastiones de la tradición. Y el Belmonte es uno de ellos.

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