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La Calle de la Cera, la cuna de la rumba catalana

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La Calle de la Cera, la cuna de la rumba catalana
De una calle del Raval al resto del mundo.

En mi cabeza sonaba perfecto, pero la RAE me ha dado una bofetada de realidad. Hubiera sido maravilloso que el carácter festivo de la Calle de la Cera fuera en sí mismo el origen etimológico de “acera”. Una derivado fonético y poético que sólo existe en la ficción, por desgracia.

El carácter festivo, ya que estamos, que caracterizó a la Calle de la Cera es cosa del pasado. Y hablamos de carácter festivo porque es aquí donde se ubica el nacimiento de la rumba.

Aunque sea imposible, aunque no se pueda fechar ni situar el nacimiento de una expresión cultural -hay demasiados factores como para dejar grabadas a fuego unas coordenadas y como para paralizar el segundero-, en Barcelona lo hemos hecho.

De hecho, aparentemente hay consenso: la Calle de la Cera es el corto tramo en el que nació la rumba. Así lo asegura, por ejemplo, Jordi Turós que dice que es adonde Peret vino directo desde Mataró. También el Ayuntamiento colaboró en la legitimación del discurso al financiar la instalación de dos murales -de los que hablaremos brevemente más adelante-.

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La rumba

La rumba, como todo estilo musical, es impura y bastarda. Habrá quien encuentre en su árbol genealógico matices salseros; quien sólo la vea como una variación del flamenco; o quien crea que es el rock and roll catalán. Y, no en vano, nadie se habrá equivocado.

Como involuntariamente la define Sergi Pamiès en un artículo de El País, la rumba son “fraseos caribeños pasados por el filtro de una catalanidad gitana siempre dispuesta a interpretar la realidad a través de un concepto festivo de la existencia”.

Era eso. La catalanidad gitana. Las bondades de la convivencia y del mestizaje histórico en el Raval. Las bondades del Harlem Catalán (así es como alguno ha definido -a colación del tema y en un alarde de romanticismo y optimismo- a este barrio). Un mestizaje y una convivencia que ha sido histórico y que es tan propio del barrio como su mera existencia.

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El mural

“Es un reconocimiento a la comunidad gitana y una reivindicación de que esta genera tradiciones culturales de mucha calidad”, dijo Gala Pin sobre el homenaje a la rumba catalana.

Se dice que Barcelona sabe cuidar de sus ídolos y que es agradecida con ellos. Con delay o en el momento, pero termina siéndolo.

Así ocurrio en la Cera, donde hace apenas unos meses se levantó el “hall of fame de la rumba catalana”. Dos paredes medianeras -una en la entrada de la calle y otra a la salida, una en el número 6 y otra en el 57- recogen a una treintena de rumberos que fueron representados por el artista Luis Zafrilla.

Podría haber nacido en cualquier otra calle del Raval, sí, pero nació en la Cera. Aquí fue donde Peret, l’Orelles, La Mami, La Tía Pepi, Ramunet, el Pescaílla o El Polla rasgaron sus guitarras, dieron palmas o entonaron sus primeros cantes. Aquí fue donde resucitaron para estar de parranda o donde se hicieron amigos para siempre o donde se dieron cuenta de lo evidente: de que Barcelona tiene poder.

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Cultura