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La casa de Xavier Corberó, una construcción imposible, íntima y oculta

Corberó diseñó las medallas de los Juegos Olímpicos de Barcelona y expuso en el MoMa.

A. del Castillo A. del Castillo

La casa de Xavier Corberó, una construcción imposible, íntima y oculta

La casa de un escultor, por imperativo moral, debería ser como la comida que un cocinero con Estrella Michelin hace para su familia: impecablemente perfecta o viceversa. Lo contrario sería incoherente, contradictorio e incluso hipócrita.

De ahí que no tenga sentido hablar de Xavier Corberó, uno de los grandes escultores del Siglo XX, en estos términos despreciativos. Para empezar a definir a Corberó puede haber dos puntos de partida. Uno: si es cierto que una persona se define por sus compañías, Corberó cultivó una buena amistad con Dalí -fue su primer comprador- y con Duchamp. Dos: si tomamos algún highlight de su vida, se puede decir que Corberó diseñó las medallas de los Juegos Olímpicos de Barcelona y que expuso en el MoMa.

Pero esto no es más que un aldabonazo, un aperitivo, una brevísima e injusta -por lo corto- introducción a la casa de un personaje mítico, sorprendente, extravagante y extremadamente inteligente.

Xavier Corberó, que siguió fumando tabaco sin filtro después de que le extirparan un pulmón, compró en 1968 un terreno a las afueras de Esplugues. ¿La intención? La de siempre, la que yace y subyace en todas sus obras y la que respondía en todas las entrevistas: “Hacer poesía”. Su casa, entonces, iba a ser y es un poema rarísimo, complejo, onírico, caleidoscópico e inacabado que empezó a escribirse en 1968.

Y que tuvo que dejar de escribirse hace un par de años por la muerte del poeta.

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Un poema que, trasladado a términos numéricos y arquitectónicos, tenía 25 habitaciones y dormitorios, un patio interior hexagonal, nueve edificios, más de 400 obras en su interior, un Rolls-Royce que sólo cumple -y muy bien, oye- una función ornamental, 4.500 metros cuadrados, un jardín repleto de tótems esculpidos por Corberó.

En suma, una plétora de cosas a las que -solamente por estar o por figurar- dedicó Corberó su vida.

De todas ellas, la gran estructura de arcos de cemento de tres pisos de altura es -quizás- la más espectacular de todas ellas. Imposible también verla en fotos o estar ahí y que uno no piense en un cuadro de M. C. Escher -sus cuadros sí que eran imposibles de trasladar al mundo real, pero Corberó lo consiguió-. También se acuerda uno de de Chirico y de su pintura metafísica o de los escenarios de las películas de Jacques Tati o de una Sagrada Familia nada sacra o, incluso, puede transmitir algo similar a esas obras empezadas a finales del pelotazo urbanístico y aún inacabadas en 2018.

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En cualquiera de los casos estamos ante la siempre típica “cosa” (cosa, sí, a falta de una palabra que defina mejor la referencia inmaterial que no es la obra de Corberó, sino algo más holístico) que es mejor valorada por y en el extranjero que en Barcelona.

Reportero y fotógrafo de The Wall Street Journal se presentaron -sorprendidos, suponemos- en Esplugues para darle visibilidad en EEUU. El reportaje, que no tiene pérdida, aquí. Nowness también se interesó por Xavier Corberó publicando un reportaje audiovisual de carácter sobrio que es un caramelito.

A modo de cierre, vendría bien citar y complementar la respuesta que dio Corberó a la pregunta de por qué ahí, por qué construía su casa en Esplugues de Llobregat. Él dijo que porque “aquí pasará alguna cosa importante”. Y, bueno, llegados a 2018, lo cierto es que nadie anhela o echa en falta un acontecimiento susceptible de ser histórico en estas coordenadas. La frase era un McGuffin. La mera existencia de semejante construcción es por sí misma una cosa importante.

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