Bolets Petràs, una de las paradas más emblemáticas del Mercat de la Boqueria, baja la persiana temporalmente después de más de 50 años vendiendo setas frescas y silvestres. El motivo: reinventarse y adaptarse a un nuevo público, el turista.
Después de décadas siendo uno de los grandes proveedores de la hostelería pero también uno de los pocos iconos restantes de una Boqueria que ya no existe, donde los barceloneses iban a buscar productos dífíciles de encontrar, Petràs cerrará para reabrir, en unos meses, dirigido al que ya es el público principal del mercado, el turista.
En declaraciones a distintos medios, los responsables afirman que la parada «parece un museo» y que a diario tienen que lidiar con touroperadores que les llenan la parada de gente que mira, no compra y encima bloquea el paso a otros posibles compradores.
El verdadero negocio, en los restaurantes
Desde hace más de 50 años, Petràs ha sido el destino obligado para cocineros, gourmets y amantes del producto de proximidad. Pero el cambio de perfil del visitante de la Boqueria, cada vez más orientado al turismo fugaz de fotos y selfies ha empujado al negocio a dar un giro. Los mismos dueños de la parada han afirmado en distintos reportajes que los turistas solo venían a su parada a sacarse fotos, pero no compraban nada.
La nueva parada reabrirá dentro de medio año o más, dirá adiós a las tradicionales montañas de setas frescas y apostará por un formato más moderno, con vitrinas, terrinas y producto seco, pensado para la degustación inmediata y la compra rápida.
La parada 867 del mercat más famoso de Barcelona está ahora a medio gas, despachando solo pedidos profesionales, mientras se preparan para una reapertura que apunta claramente a conquistar el paladar del visitante internacional.
Así, el negocio mantendrá, por un lado, su cara visible al público y por el otro, su grueso principal de ingresos, la provisión a los restaurantes, se hará a un almacén desde donde ya abastecen a más de 100 restaurantes al día.
Aún así, la historia de Bolets Petràs solo es un reflejo de la transformación que vive la Boqueria, que ya hace años que perdió su espíritu de mercado de barrio para ser carne del turismo, que podrá dejar mucho dinero en otras áreas de la ciudad, pero que en el que fue el mercado más bonito del mundo dejan más fotos que gasto.