El Moog: el sórdido referente de la música electrónica en Barcelona

Templo, parroquia, ermita y cualquier palabra referida a la adoración de una religión acompañada del adjetivo de electrónica. De esta base se puede partir para definir el Moog. Templo, ahora sí, de la música creada a partir de ordenadores.

Electrónica, techno, house, acid, neotrance, sintética. Para los no iniciados o no provectos estas palabras nos remiten a lo mismo: una música escuchada habitualmente por una audiencia con el estado de conciencia alterado. Una audiencia que, o bien ha estado, o bien desearía ir a Tomorrowland.

Una audiencia que, en el caso de ser barcelonesa, a buen seguro ha pisado el Moog: probablemente la discoteca de música electrónica (y todos los subgéneros de ésta que se quieran apostillar al sustantivo música) más popular y al mismo tiempo más underground de Barcelona.

El Moog nació a mediados de los 90: es decir, ya tiene 22 años, más edad que muchas de las personas que lo frecuentan. Quienes, por cierto, constituyen un mosaico, una amalgama, una variedad que, como poco, es digna de ser comentada. Tan pronto te cruzas con un joven etilizado (y quién sabe qué más) de Liverpool que está ahí por recomendación de su padre como al propio padre de este chaval. Con gente que ha llegado por error, o porque ha ido a tiro fijo, o que está porque es lo único abierto un martes.

Porque esa es otra: el Moog está abierto de lunes a domingo.

El Moog, por cierto, es oscuro, hace calor, la gente baila y no se podría definir como “cómodo” (si es que este término es susceptible de acompañar a la palabra discoteca). Pero da igual. También es vibrante, divertido, convulso. Toda una experiencia digna de vivir. Sobre todo si en la visita se explora la planta subterránea, ya que ir al Moog y quedarse en la sala de entrada es como toser y rascarse el codo: un sinsentido.

Nunca estará entre las listas de discoteca de visita obligada, difícilmente oigas alguna vez a un familiar recomendártelo, es complicado que si no te gusta la electrónica te diviertas. Pero, aun así, hay que ir. Hay que plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo e ir al Moog.

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