Todos lo hemos cantado. Es llegar el 25 de diciembre y el estribillo «fum, fum, fum» sale solo. Durante décadas, la imagen mental colectiva ha sido la misma: una chimenea humeante (fum, en catalán) en una fría noche de invierno. Sin embargo, la etimología popular nos ha jugado una mala pasada. Ni hay humo, ni hay fuego: lo que hay es mucha sátira y un poco de «mala leche» pastoril.
Tal y como hemos aprendido con un vídeo del influencer de lengua catalana @el_catalanet, en realidad, ese «fum» no hace referencia a la combustión de la leña. Se trata de una forma verbal de ‘fúmer’, que no es otra cosa que un eufemismo del verbo ‘fotre’. Para entendernos, sería el equivalente a decir «¡caramba!» o «¡caray!» para evitar una expresión más malsonante en un entorno religioso.
La «canción de las mentiras»
¿Pero cómo acabó un «taco» camuflado en un villancico? Para entenderlo, hay que viajar 300 años atrás. Por aquel entonces, la Navidad no era la fiesta solemne y familiar que conocemos hoy, sino que se parecía mucho más a un Carnaval. Era una época de disparates, excesos y canciones que poco tenían que ver con el dogma eclesiástico.
El origen documentado nos lleva hasta Prats de Lluçanès. En 1904 se recogió por primera vez esta tradición: los pastores bajaban de la montaña el día de Navidad y, en plena iglesia, cantaban lo que se conocía como la «canción de las mentiras».
Entre estrofa y estrofa, los pastores aprovechaban para airear satíricamente las tonterías, inventos o travesuras de los vecinos del pueblo. Cada vez que soltaban una «pullita» o una exageración (como esa estrofa que habla de dar 10,000 zancadas de un salto), remataban con el estribillo: «fot, fot, fot» (o su versión suave, «fum, fum, fum»), como diciendo «¡vaya tela!» o «¡no fastidies!».
Fue el músico Joaquim Pecanins quien, al documentar la pieza, decidió mantener la versión edulcorada (fum) para que la canción pudiera tener un recorrido más allá de las montañas del Lluçanès. Y la jugada le salió redonda.
En 1922, el villancico ya se publicaba en inglés en las principales editoriales internacionales. Hoy, aquella canción de pastores gamberros que se burlaban de sus vecinos se canta en decenas de idiomas, está traducida al inglés y tiene adaptaciones hasta al chino. Así que, este año, cuando entones el estribillo, recuerda que no estás cantando a la chimenea, sino celebrando el espíritu más satírico y rebelde de nuestra cultura popular.