Hay lugares donde el peso de los siglos parece haberse detenido entre los muros, rincones que han visto pasar desde el eco del antiguo Imperio romano hasta el vuelo de dragones de ficción. A menos de cincuenta kilómetros del asfalto barcelonés, camuflado en el entorno natural de Canet de Mar, se alza el castillo de Santa Florentina. Esta imponente edificación, que nació con vocación defensiva y acabó floreciendo como un palacio majestuoso, ofrece a sus visitantes un viaje arquitectónico fascinante que entrelaza la genialidad del modernismo catalán con la fantasía televisiva más aclamada de los últimos tiempos.
En la actualidad, de martes a sábado, cualquier curioso puede cruzar sus puertas abonando una entrada de doce euros para descubrir sus secretos. El recorrido, que requiere una puntualidad británica para no alterar la convivencia con los residentes que aún habitan una parte del recinto, permite explorar un tesoro patrimonial asombroso. Es la oportunidad perfecta para pisar los mismos suelos de cerámica vidriada que resistieron asedios navales, cobijaron a reyes a principios del siglo XX y sirvieron de plató internacional, demostrando que la historia viva de nuestra provincia sigue teniendo un magnetismo innegable.
De los ataques en el Mediterráneo al esplendor arquitectónico
Para entender la amalgama de estilos de este edificio hay que rascar varias capas de historia. Aunque en su base descansan los restos casi imperceptibles de una domus romana, su verdadera silueta comenzó a forjarse en el siglo XI. En aquella época, la masía original tuvo que fortificarse para sobrevivir a las constantes incursiones de los piratas, una amenaza tan persistente que tres siglos después obligó a levantar las dos características torres que hoy dominan el conjunto.
Sin embargo, el alma estética del edificio se la debemos al modernismo. La propiedad ha estado vinculada a la misma familia desde sus orígenes, pasando a manos del linaje Montaner a finales del siglo XVI. Fue precisamente un miembro de esta familia, Ramon de Montaner i Vila, quien encargó la profunda remodelación del complejo a su sobrino, el ilustre arquitecto Lluís Domènech i Montaner. El resultado es un desfile de vidrieras, hierro forjado y mosaicos que conviven, en el patio de armas, con piezas de un claustro original del siglo XV rescatado del antiguo Priorato del Tallat.
Reliquias papales, monarcas y apariciones
El recinto está plagado de anécdotas que enriquecen cada rincón. Su propio nombre rinde homenaje a una reliquia de Santa Florentina, obsequiada en el siglo XIV por el Papa Benedicto XII a Ferrer de Canet. Más adelante, en 1908, el mismísimo rey Alfonso XIII pasó la noche en el castillo, un acontecimiento que aún se recuerda gracias a unas cadenas instaladas en el imponente arco gótico de la entrada. Las paredes también guardan arte con historia, como un lienzo que ilustra la leyenda de Guifré el Pilós y el nacimiento de las cuatro barras de la senyera.
Y como todo buen castillo que se precie, el misterio está servido. Se cuenta que por las galerías superiores de la fortaleza deambula el fantasma de un hombre vestido con un traje claro. La leyenda local asegura que se trata del mismísimo Lluís Domènech i Montaner, quien supuestamente se ha colado hasta en fotografías de mediados del siglo XX supervisando eternamente su obra.
La parada catalana de Juego de Tronos
Más allá de su valor patrimonial, el recinto saltó a la fama global durante el sexto episodio de la sexta temporada de Juego de Tronos. Los localizadores de la serie de HBO eligieron este enclave para dar vida a Colina Cuerno, el hogar ancestral de la familia Tarly.
Durante nueve días de intenso rodaje, el castillo viajó al continente de Poniente con muy pocos retoques digitales. El escudo de los Montaner en el pomo de la escalera fue sustituido por el emblema de los Tarly, el patio se cubrió de tierra y el salón del trono retrocedió a una estampa puramente medieval para acoger la tensa cena familiar de Samwell Tarly. Hoy en día, los fans de la serie pueden identificar fácilmente los escenarios de estas escenas y disfrutar de una sala entera dedicada a fotografías de aquella producción.
Cómo organizar la incursión (sin quedarse fuera)
Visitar el castillo requiere cierta planificación. El espacio está dividido: una mitad pertenece actualmente a un fondo ruso y es la que se abre al público, mientras que la otra sigue siendo la residencia privada de la familia Capmany. Debido a la existencia de áreas compartidas, las puertas del recinto se abren de forma estricta desde dos minutos antes de la hora reservada hasta dos minutos después. Llegar tarde implica quedarse literalmente en la calle.
El acceso se realiza por el Camí de Canet del Mar, una pista de tierra pasada la autopista. Lo más recomendable es dejar el vehículo en la zona asfaltada o, si se prefiere el transporte público, llegar en tren; la estación de Rodalies de Canet de Mar está a un paseo de unos 25 minutos. El castillo permanece cerrado domingos, lunes y festivos señalados, ofreciendo visitas con audioguía de tres cuartos de hora o recorridos guiados más extensos a las once de la mañana, dependiendo de la temporada.