Barcelona se está quedando sin sus refugios de siempre. Esa sensación de que la ciudad cambia más rápido de lo que podemos procesar se ha vuelto a instalar en el cuerpo tras conocerse dos noticias que, aunque con ritmos distintos, confirman una tendencia preocupante: las salas de medio formato y los espacios de resistencia cultural están en peligro de extinción. Esta vez les ha tocado a Karma, un pilar del Gòtic, y a La Deskomunal, el corazón autogestionado de Sants.
Dos formas de vivir la noche, dos formas de cerrar
La noticia de Karma ha caído como un jarro de agua fría porque no ha habido tiempo para despedidas. Tras casi 50 años siendo el templo del rock y el indie en la Plaza Reial, la discoteca fundada en 1978 ha anunciado su cierre inmediato y definitivo. No habrá una última copa, ni una última canción de The Smiths bajo sus bóvedas. El cierre de Karma sigue la estela de Sidecar, marcando el fin de una era para una plaza que, poco a poco, va perdiendo los locales que le daban identidad propia frente al turismo de masas.
Por otro lado, la situación en Sants tiene un matiz diferente pero igualmente agridulce. La Deskomunal, esa sala cooperativa que nació en 2020 para demostrar que otra forma de gestionar la cultura era posible, también ha puesto fecha a su final. Sin embargo, en este caso han optado por un «adiós programado». Sus responsables han anunciado que bajarán la persiana definitivamente a finales de 2026, lo que nos deja un año entero de margen para disfrutar de su programación de conciertos y de su restaurante antes del «entierro a lo grande» que ya están planeando.
Lo curioso, y a la vez dramático, es que La Deskomunal se marcha en su mejor momento de público. Según explican sus gestores, la decisión no viene motivada por la falta de apoyo de la gente, sino por lo que describen como una presión administrativa asfixiante. A pesar de tener toda la documentación en regla, las constantes inspecciones y multas municipales han terminado por minar la viabilidad del proyecto, un síntoma que muchas otras salas pequeñas de la ciudad llevan tiempo denunciando.
¿Adiós a la noche barcelonesa?
Estos dos cierres, aunque se producen en barrios distintos y bajo contextos diferentes, dibujan un mapa de Barcelona cada vez más complicado para la música en vivo. Mientras los grandes festivales y las macrodiscotecas parecen inmunes, los espacios que cuidan la escena local y los géneros alternativos se enfrentan a un cóctel letal de especulación inmobiliaria, cambios en los hábitos de ocio y políticas municipales que, en lugar de proteger el tejido cultural, parecen empujarlo hacia el extrarradio o, directamente, al olvido.
Nos queda el consuelo de que a La Deskomunal todavía le queda cuerda para todo este año y el que viene, pero el vacío que deja Karma en el centro de la ciudad es ya una herida abierta. Barcelona pierde sus templos, y con ellos, un pedacito de esa alma canalla que nos hacía sentir que la noche todavía nos pertenecía.