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¿Necesitamos repensar el uso y diseño de nuestras calles?

Hablamos de lo que se ha dado en llamar el "urbanismo táctico": obras que se realizan de forma rápida y bajo coste.

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¿Necesitamos repensar el uso y diseño de nuestras calles?

El próximo marzo se conocerán los proyectos ganadores para el rediseño de cuatro plazas y cuatro calles del Eixample. El concurso, convocado por el Ayuntamiento, ha recibido 86 propuestas que aspiran a formar parte de un plan de remodelación a largo plaza de la ciudad emprendido por el Gobierno de Ada Colau.

El objetivo es caminar hacia una ciudad más verde, más respirable, con más carriles bicis, con supermanzanas que entrelazan y dan pie de una calle a otra sin obstáculos, con tráfico limitado o velocidades de circulación reducidas, con vehículos alejados del entorno de las escuelas -ya se ha hecho en 25 escuelas y para este año se pretende emprender en otras 53-, con una Zona de Bajas Emisiones, etc.

La pandemia ha hecho esta necesidad aún más evidente. La reducción casi total del tráfico durante el confinamiento redujo la contaminación de Barcelona a mínimos históricos, una contaminación que es causante directa de muertes prematuras en la ciudad condal, unas 1.000 al año según la Agencia de Salud Pública. Barcelona es, además, una de las ciudades de Europa con mas fallecimientos al año por estas causas. 

¿La solución a esto? Lo que se ha dado en llamar el «urbanismo táctico»: obras que se realizan de forma rápida y bajo coste. En lugar de grandes inversiones, grandes obras y materiales costosos, se utilizan vallas, pinturas y elementos móviles. Más rápido pero también más rápidamente modificable en caso de que haya que dar marcha atrás. Porque situaciones extremas requieren medidas extremas. O al menos ágiles. Y porque si algo nos están enseñando estos tiempos raros es que nada es para siempre.

Barcelona, por desgracia, no ha descubierto la pólvora. El Ayuntamiento de Ada Colau no es el primero ni el último en recurrir a esta estrategia. Ciudades como Nueva York, Toronto, Bogotá, Ciudad de México o Berlín llevan muchos años haciéndolo. «No somos conscientes, pero los automóviles ocupan entre el 70% y el 80% del espacio público urbano. Es una discriminación legal», declaraba al diario El País Manuel Calvo, consultor en movilidad sostenible de Estudio MC y uno de los artífices del diseño de la red de ciclocarriles de Sevilla, un ejemplo que ha inspirado a ciudades de todo el mundo.

Y una vez allanado el terreno, estos cambios darán paso a la eclosión de las supermanzanas, un proyecto que pretende comunicar calles de este tipo, cuyo tráfico ha desaparecido o ha sido drásticamente reducido. Y entre medias, como nexos o puntos nodales entre esas calles, se crearán una serie de plazas habitables, donde el protagonista sea el vecindario y no los tubos de escape y los cláxones. Hay quien ve este tipo de modelo como una suerte de Plan Cerdà contemporáneo.

El modelo del Gobierno de Ada Colau no es el mejor, nunca existe tal cosa. A las cosas y a los sujetos se nos bautiza como el o la mejor, pero cualquier ducho en la materia que toque sabe que el modelo perfecto, redondo, sin ningún tipo de déficit o aspereza que limar no existe. Lo que sí existe y de manera imperiosa es una necesidad de repensar la ciudad y el uso que hacemos de ella, cuestionar que el coche no tiene o no debería tener prioridad. El modelo de Colau deberá ir mejorando (de hecho, como ya se ha dicho, unas de las características que definen a este plan es su facilidad para ser revertido), pero de momento es la mejor alternativa que tenemos.

Fotos: Ajuntament de Barcelona

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