A medida que se acerca Sant Jordi, la fiesta más emblemática de Catalunya, la leyenda vuelve a cobrar vida en escaparates, colegios y plazas. Todos conocemos el guion: el dragón atemoriza a la villa de Montblanc, el sorteo designa a la hija del rey como sacrificio y un valiente caballero aparece justo a tiempo para salvarla, haciendo brotar rosas de la sangre de la bestia.
Sin embargo, en el imaginario colectivo, ella siempre ha sido simplemente “la princesa”. Un personaje secundario, casi anónimo, cuya identidad ha quedado sepultada por los siglos.
Las dos teorías sobre su identidad
Al investigar en las crónicas y versiones menos populares de la leyenda, descubrimos que no hay un consenso claro. Como suele ocurrir con los relatos orales, la protagonista femenina ha sido bautizada de distintas formas según quién cuente la historia:
- Cleodolinda: Es, posiblemente, el nombre más extendido en las versiones que se atreven a nombrarla. Suena antiguo, regio y con la fuerza necesaria para protagonizar una epopeya medieval.
- Violant: Otra corriente apuesta por este nombre, muy vinculado a la nobleza catalana y aragonesa de la época, lo que le daría un tinte algo más “histórico” dentro de la fantasía.
La respuesta definitiva desde Montblanc
En busca de una verdad oficial, consultamos la tradición de Montblanc, el pueblo tarraconense donde, según la tradición, ocurrió la gesta. La respuesta es curiosa: en la versión más pura y antigua que se conserva en el municipio, la princesa nunca tuvo nombre. Es la representación de la inocencia y del pueblo, un arquetipo sin firma.
Sin embargo, las leyendas no son piezas de museo estáticas; son historias vivas que evolucionan con la sociedad que las narra. Quizás este 2026 sea el momento de empezar a llamarla por su nombre ya sea Cleodolinda o Violant para que el relato sea, por fin, una historia de dos.