La aprobación definitiva del proyecto del Parc Central de Vallcarca no es solo un trámite administrativo, sino el intento de poner fin a uno de los conflictos urbanísticos más dilatados de la ciudad. El terreno de 10.000 metros cuadrados donde se ubicará este “pulmón verde” es el mismo que, desde 2002, ha sido el epicentro de una lucha entre el planeamiento municipal y los colectivos vecinales que denunciaban la pérdida de identidad del barrio y el desplazamiento de sus residentes.
La transformación, que prevé iniciar sus obras principales en diciembre de 2026, busca sustituir la provisionalidad que ha definido a la zona durante más de 20 años. Lo que hoy son solares vacíos y zonas de obras fueron antaño calles flanqueadas por casas bajas y casonas modernistas que fueron desapareciendo bajo la piqueta tras el plan aprobado en 2002. Aquel planeamiento dejó a centenares de fincas en un limbo de “afectación urbanística” que impidió su rehabilitación y aceleró su deterioro.
Un diseño en dos niveles y fomento de la biodiversidad
El futuro parque se estructurará en dos áreas diferenciadas para adaptarse a la topografía del terreno. La primera de ellas tendrá un carácter más urbano y diáfano, situada en las zonas planas cercanas a las edificaciones, donde se instalarán juegos infantiles y espacios de estancia para eventos comunitarios. La segunda zona aprovechará el desnivel del terreno mediante un sistema de terrazas naturalizadas conectadas por rampas y escaleras accesibles.
Para combatir la emergencia climática, el proyecto apuesta por la gestión de aguas pluviales mediante superficies permeables y el incremento del arbolado para generar sombras. Además, se mantendrán los usos vecinales actuales, integrando huertos urbanos que ocuparán cerca de 200 metros cuadrados y un área de merendero en la terraza superior.
Uno de los pilares del proyecto es la accesibilidad. Se creará un nuevo itinerario peatonal principal que cruzará el parque, uniendo la avenida de Vallcarca, bajo el viaducto, con la calle Gustavo Bécquer y los jardines de Maria Baldó. Según ha declarado Laia Bonet, concejala del distrito de Gràcia, esta aprobación responde a un proceso participativo con el vecindario y demuestra que la transformación del barrio es una prioridad para desencallar proyectos históricos.
Impulso a la vivienda pública y servicios
Paralelamente a la creación del parque, el Ayuntamiento avanza en la construcción de vivienda asequible en el barrio. Actualmente se licitan dos promociones en las calles Farigola y Mare de Déu del Coll, que sumarán 47 nuevos pisos públicos. Asimismo, la promoción Grèvol, en la avenida de Vallcarca, entregará a finales de este año 36 viviendas de alquiler asequible destinadas a jóvenes, familias monoparentales y personas con movilidad reducida.
Este despliegue se completa con las obras de la “anilla de servicios” en Can Farigola, que ya ha finalizado la urbanización de las calles Cambrils, l’Argentera y Calendau. Finalmente, el consistorio progresa en la expropiación de fincas en la avenida de Vallcarca para la futura construcción de un depósito pluvial bajo la que será la rambla Verda.
Un pasado de derribos y resistencia
El futuro parque se asienta sobre una historia de conflicto social. Durante dos décadas, la parálisis del plan urbanístico ha convertido a Vallcarca en un paisaje de solares abandonados y edificios degradados. Casos como el derribo de la “Casita Blanca” se convirtieron en símbolos de una transformación que muchos vecinos percibieron como una estrategia de degradación intencionada para facilitar la especulación y la compra de suelo a bajo precio.
En el mismo terreno donde se levantará el parque hubo una vez preciosas casonas modernistas que estuvieron entre las primeras afectadas por los planes de derribo. De hecho este terreno y la zona colindante recibe el nombre, entre los vecinos más reivindicativos, de la “zona cero” de los conflictos de vivienda del barrio.
Esta situación generó un fuerte tejido de resistencia. Colectivos del barrio han alertado históricamente de que la construcción del parque y la posterior “Rambla Verda”, que aún requiere la expropiación de varias fincas donde viven 15 familias, podrían provocar un proceso de gentrificación, desplazando a los vecinos de toda la vida para atraer perfiles de mayor poder adquisitivo.