A estas alturas del siglo XXI, uno podría pensar que el catálogo de Antoni Gaudí está más que cerrado. Entre las hordas de turistas que flanquean la Sagrada Família y las colas interminables en el Paseo de Gracia, parecía imposible que el arquitecto más universal de Barcelona tuviera todavía un as bajo la manga, especialmente uno situado a más de 1.300 metros de altitud y rodeado de bosques de pinos.
Sin embargo, la historia del arte tiene esos giros de guion que tanto nos gustan. En un rincón perdido de la Sierra del Catllaràs, en el municipio de La Pobla de Lillet, se levanta una construcción de formas sinuosas y escaleras imposibles que durante décadas fue un “secreto a voces” sin sello oficial. Ahora, las piezas han terminado de encajar.
El encargo minero de Eusebi Güell
Para entender qué hacía Gaudí diseñando un refugio en mitad de la nada, hay que mirar, como casi siempre, hacia la figura de su gran mecenas, Eusebi Güell. A principios del siglo XX, la zona del Berguedà era un hervidero de actividad industrial gracias a las minas de carbón que alimentaban la fábrica de cemento Asland. Güell necesitaba un lugar donde alojar a los ingenieros que trabajaban en la zona y, fiel a su estilo, no llamó a un constructor cualquiera, sino a su arquitecto de confianza.
Construido originalmente en 1905, el edificio presenta esa geometría orgánica tan propia del maestro, con una planta en forma de arco apuntado que permitía que la nieve resbalara fácilmente, evitando la acumulación en el tejado. A pesar de su funcionalidad industrial, la estética del chalet respira el mismo aire que la Casa Milà, aunque en una versión mucho más austera y adaptada al rigor del clima pirenaico.
La confirmación de un legado olvidado
El camino hasta la atribución oficial no ha sido sencillo. Durante más de cien años, el Xalet del Catllaràs sufrió el abandono, reformas poco afortunadas que desvirtuaron su silueta original e incluso el olvido institucional. No fue hasta las recientes investigaciones y los trabajos de restauración liderados por la Diputación de Barcelona cuando se han podido contrastar los planos y las técnicas constructivas con otros proyectos coetáneos del arquitecto.
La confirmación llega en un momento simbólico, de cara al horizonte de 2026, reafirmando que la huella de Gaudí va mucho más allá de las fronteras de la Ciudad Condal. El edificio, que ha recuperado su icónica escalera exterior y su revestimiento original, se consolida como una parada obligatoria para los que quieran conocer al Gaudí más telúrico, aquel que no diseñaba para el lucimiento urbano, sino para fundirse con la propia naturaleza de la montaña.