Barcelona a veces se explica mejor a través del barniz de sus barras antiguas y el eco de los letreros que han visto pasar generaciones. Sin embargo, ese paisaje cotidiano y querido por los vecinos se encuentra hoy en una encrucijada regulatoria. La Bodega Fermín, en la Barceloneta, y el Bar Bodega Carol, en el Clot, han decidido rebelarse contra las notificaciones municipales que les exigen desmontar sus históricos carteles exteriores. Lo que comenzó como un simple expediente administrativo se ha transformado en una defensa firme de la identidad local frente a la rigidez de las normativas urbanas.
La persistencia de los propietarios y el notable apoyo vecinal han obligado al Ayuntamiento de Barcelona a mover ficha. Fuentes municipales han confirmado que el Gobierno local ya estudia la posibilidad de introducir modificaciones y ajustes en la ordenanza vigente de paisaje urbano. Con esta medida, el consistorio busca compatibilizar las normativas técnicas con la preservación de aquellos establecimientos que, por su arraigo, forman parte indispensable del imaginario colectivo y de la memoria viva de la ciudadanía.
El caso de la Carol: carteles de los años 50 con leyes de los 2.000
En el número 558 de la calle de Aragó, haciendo esquina con Independència, se levanta el Bar Bodega Carol. El negocio cuenta con una trayectoria que se remonta a 1939 según sus licencias históricas. Cuando sus actuales tres socios asumieron el traspaso en 2015, tuvieron claro que su prioridad era mantener intacto su espíritu de barrio; un refugio donde se escucha música punk y se sirven platos tradicionales de diversas regiones de España, como sus célebres torreznos, mollejas, callos o carcamusas, a precios populares que no superan los 7,5 euros.
La tranquilidad del local se rompió cuando recibieron un requerimiento del distrito de Sant Martí para eliminar su rótulo por exceder un palmo a cada lado del ancho autorizado. La orden se originó por la denuncia de un supuesto vecino. Al coincidir con el luto por el fallecimiento de uno de los socios, decidieron no rendirse y presentar batalla legal.
Tras ver desestimadas sus alegaciones y un recurso de alzada, y con dos multas coercitivas de 750 euros recurridas bajo el argumento de que la supuesta infracción ha prescrito, el caso está ahora en manos del juzgado de lo Contencioso-administrativo número 3 de Barcelona, a la espera de una vista fijada para el 21 de octubre.
Bodega Fermín, el caso que ha despertado la revuelta
Una situación paralela se ha vivido en la Barceloneta con la Bodega Fermín. En este caso, unas obras de rehabilitación en la fachada motivaron que los arquitectos del Instituto Municipal del Paisaje Urbano (IMPU) exigieran la retirada de su rotulación por incumplir las dimensiones de la normativa actual. Sus responsables, Gladys Roca y Roger Vall, acataron la eliminación del cartel vertical en bandera de la esquina, pero también se les exigía retirar dos frontales que datan de 1973.
En lugar de conformarse de brazos cruzados, los propietarios recurrieron a las redes sociales para manifestar su pena e indignación, argumentando que la orden no respetaba los signos de identidad de la zona y señalando el agravio comparativo con locales cercanos más nuevos que no cumplen las reglas. La respuesta ciudadana fue inmediata. La Red Ibérica en Defensa del Patrimonio Gráfico salió en su defensa solicitando un «salvoconducto normativo» para carteles antiguos, y los grupos municipales de ERC y PP exigieron protección para los comercios históricos.
Hacia una reforma de la ordenanza de paisaje urbano
La presión vecinal ha propiciado un principio de acuerdo en la Barceloneta. Representantes del Instituto del Paisaje Urbano y del distrito de Ciutat Vella se han reunido con los propietarios de la Bodega Fermín para constituir un grupo de trabajo junto a la arquitecta de la finca. El objetivo es estudiar cómo encajar los letreros históricos de 1973 dentro de la nueva composición de la fachada, manteniendo el cartel vertical guardado por si finalmente pudiera ser amnistiado gracias al apoyo popular.
Estos dos pulsos simultáneos han llevado al Ayuntamiento a reflexionar sobre la normativa global. Aunque el consistorio se mantiene formalmente a la espera de lo que dictaminen los tribunales en el caso del Clot, ha reconocido la voluntad de avanzar en fórmulas flexibles. La intención declarada es ajustar la regulación para que los negocios con solera, aquellos que sobreviven al dictado de las modas y al desembarco turístico a base de autenticidad, no pierdan los rasgos de identidad que los convierten en puntos de encuentro esenciales para los barceloneses.