La maldición que pesa sobre la parada de metro de Rocafort

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No volverás a pasar por esta parada sin sentir un escalofrío.

Bajo tierra es una metáfora que, de ser usada con tanta frecuencia e insistencia, se ha convertido en cliché. Y eso significa que viene pintiparada para hablar de según qué cosas. Bajo tierra o cualquier expresión que remita a lo subterráneo -cloacas, por ejemplo- se han erigido de una forma muy concreta en el imaginario colectivo. Lo que ocurre bajo tierra es lo oculto, lo prohibido, lo que da miedo, lo que ya no vive.

Y aunque -en un sentido real- lo subterráneo tenga una utilidad práctica (el metro, los parkings), no deja de existir ese halo de misterio alrededor de lo que hay bajo tierra. Uno prefiere andar solo por la superficie que hacerlo por los bajos fondos.

Por eso el Metro es un terreno súper fecundo para las historias de terror.

Prueba de ello es el metrosurf, la inconsciencia popularizada en los años ochenta. El metrosurf es, siendo muy generosos en la descripción, un arte temerario. La mecánica consiste en engancharse en la parte trasera del vagón y dejarse llevar hasta la próxima estación… si lo consigues. Si lo consigues, vaya, porque por el camino te puedes caer o electrocutar.

La historia del metrosurf, sin embargo, es solo un macgufin para llegar a donde queríamos -adonde, obviamente, no nos gustaría-: la oleada de suicidios que, en los años 60, se produjo en la estación de Rocafort.

Cuatro personas se arrancaron la vida en apenas un mes.

Cuenta la leyenda -de quien siempre diremos que es caprichosa, mentirosa e interesada- que las cámaras de seguridad y la realidad han ido por caminos distintos. En las pantallas se ha visto, dicen, a gente pululando por la estación cuando ésta ya estaba cerrada. Si hablamos de bifurcación entre realidad y registro de realidad es porque los operarios -dice la leyenda- han procurado cerciorarse de que no había nadie. Y, efectivamente, no había nadie.

Por cierto, por si la historia acojonase poco, a todo esto también se le suma que la zona fue refugio durante la guerra.

Ningún operario -y casi ningún mortal que conozca la anécdota y no tenga una necesidad imperiosa- se atreve a trabajar (en horario nocturno, sobre todo) a la estación de Rocafort.

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