Si hay un perfil que define la silueta de la noche barcelonesa, ese es el de las aspas rojas que coronan el Paral·lel. Sin embargo, parece que este verano el movimiento se dentendrá otra vez. El Molino, ese templo del cabaré que ha sobrevivido a censuras, crisis y cambios de siglo, bajará la persiana el próximo 30 de junio. La noticia llega tras un acuerdo de “mutuo acuerdo” entre el Ayuntamiento de Barcelona y Barcelona Events Musicals (BEM), la empresa vinculada al festival Cruïlla que asumió el mando de la sala en octubre de 2024.
La decisión no ha sido un impulso repentino, sino el resultado de un cóctel de complicaciones técnicas y convivencia vecinal. Durante los últimos meses, el teatro ha tenido que lidiar con importantes restricciones horarias y de aforo debido a quejas por el ruido, lo que obligó a limitar los espectáculos a los fines de semana y a terminar la fiesta antes de las 23:00 horas. Una situación difícil de sostener para un espacio que nació para ser, precisamente, el epicentro del desenfreno y la música en directo.
Un silencio necesario para volver a sonar
La clave de este parón reside en las paredes de la propia sala. El consistorio ha decidido que es el momento de ejecutar unas obras de insonorización definitivas para garantizar que, cuando las aspas vuelvan a girar, no lo hagan despertando a todo el barrio. Se está elaborando un proyecto ejecutivo que servirá de paso previo a la licitación de las obras. La idea no es simplemente arreglar unos cables o poner más espuma en los muros, sino consolidar el espacio como un equipamiento cultural de referencia en una avenida que el Ayuntamiento quiere revitalizar con una inversión millonaria hasta 2028.
Mientras llegan las máquinas, el futuro inmediato del número 99 del Paral·lel queda en el aire. No hay una fecha oficial de reapertura, pero la intención municipal es que el teatro siga siendo público y mantenga su esencia. En esta última etapa, bajo la batuta de BEM, El Molino se había transformado en un club de pequeño formato donde el jazz, el flamenco y la canción de autor habían tomado el relevo a las lentejuelas, buscando un aire más internacional parecido a los clubes de Londres o Nueva York.
Un superviviente nato desde 1898
No es la primera vez que El Molino nos da un susto. Desde que abrió en 1898 como “La Pajarera Catalana”, ha pasado por todo tipo de nombres y crisis. Cerró en 1997, dejando un vacío enorme en la memoria sentimental de la ciudad, y no fue hasta 2010 cuando volvió a iluminar la calle con el espectáculo Made in Paral·lel. Tras una gestión algo turbulenta por parte de la empresa Ociopuro, el Ayuntamiento compró el edificio en 2021 por 15 millones de euros para evitar que acabara convertido en cualquier otra cosa que no fuera cultura.
Aunque el cierre del 30 de junio suene a despedida, la historia nos dice que El Molino siempre encuentra la manera de reinventarse. Hasta que llegue ese último día de junio, la sala mantendrá su programación habitual de fin de semana, así que todavía queda tiempo para tomarse la última copa bajo la mirada de la Bella Dorita y confiar en que, esta vez, el silencio solo sea el preludio de una función mejor.