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10 Cosas que nunca se me ocurriría hacer en Barcelona

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10 Cosas que nunca se me ocurriría hacer en Barcelona
Y tú, ¿qué cosas no harías ni de broma?

Antes de nada: recibiré con gusto el distintivo peyorativo de reaccionario. Reaccionario (si se quiere) por no tener ni la intención ni la voluntad ni el interés de hacer ninguna de las cosas abajo mencionadas.

Al margen de turistadas (muchas de ellas ni siquiera tienen lugar dada la obviedad de las mismas), hay una serie de actividades o planes que no me llaman absolutamente nada la atención. Y, previendo alguna que otra crítica, he de decir que esto no es ninguna afrenta contra la ciudad. Dios me libre. Barcelona me flipa tal como es. Y creo que se puede disfrutar mejor si se esquivan o evitan cualquiera de estas diez ideas.

1. Tomarme una sangría en una terraza cualquiera de un bar cualquiera de las Ramblas en agosto a las nueve de la noche.

Aunque, realmente, la hora y el mes del año no añaden nada a la premisa. ¿Los motivos? Quien lo haya hecho lo sabe. Y me atrevería a decir que quien no lo ha hecho, también. Casi es preferible -y sin el casi- filtrarse por las calles de la izquierda (según bajas desde Plaça Catalunya) y tomarse unas cervezas en el Raval.

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2. Mojito en la playa, mejor no.

Muy en línea con lo anterior (por aquello de referenciar una bebida espirituosa). No lo haría por, uno, la dudosa calidad del producto y dos, por el elevado precio del mismo.

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3. Pedir un tercio.

Si las miradas matasen, un 50% de la gente que ha venido a Barcelona desde cualquier otro punto de la geografía española y le ha pedido un tercio al camarero estaría muerta. Entiéndase la hipérbole: muerta obviamente no. Pero la mirada que puede lanzar un camarero autóctono al cliente que no pide una mediana puede asimilarse a la que uno le puede lanzar a un mono andando con muletas.

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4. Beber agua del grifo.

Salvo que tuviera una pistola en la sien, llevase semanas sin que pasase una triste gota de agua por mi gaznate o me levante a media noche con una sed brutal y no tuviera agua en la nevera, nunca se me ocurriría beber agua del grifo de Barcelona. Es (y no lo decimos nosotros, sino un experto) la peor agua de España.

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5. Ir en metro con la cartera en el bolsillo trasero.

Quien dice cartera dice móvil. Y quien dice móvil dice cualquier objeto al que uno le guarde cierto cariño y pueda ser susceptible de llamar la atención de un carterista. En cierto modo, todos o conocemos a alguien o hemos sido víctimas de un desalmado que no ha dudado mucho en arrebatarte algún objeto de valor.

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6. Dejar la bici aparcada en la calle.

Si antes decía que me podíais llamar reaccionario por no haber probado algunas de las cosas mencionadas en la lista, este punto constituye una excepción. Da igual la calidad del candado y lo concurrida que sea la calle: como tengas la brillante idea de no tener un sitio seguro en el que dejar la bici o como subestimes las aptitudes delictivas de los robabicis, hay bastantes posibilidades de que te la roben. Aún recuerdo mi vieja BH con cariño y nostalgia.

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7. Coger el metro un día de huelga.

Si no hay más remedio porque es imperativo y no tienes más alternativas, amigo, mala suerte. Con los nobilísimos y respetables derechos del trabajador has topado. Comerse esperas de más diez minutos e ir en el vagón como un mejillón en escabeche es la tónica general. La Odisea de Ulises te parecerá una broma en comparación con tu drama. ¿La alternativa? Bicing es tu amigo. O esa bicicleta que no dejas aparcada en la calle te puede ayudar.

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8. Ir a las playas urbanas.

Quien más quien menos, todos ser humano empadronado en Barcelona ha pisado la Barceloneta. Y hay muchas playas urbanas, como la de la Nova Icaria, que no están nada mal. No obstante, si hay tiempo para preparar el plan, ir a la Barceloneta es del género absurdo. La mejor opción es Rodalies y al Maresme. O a la playa del Garraf. O coger el coche y plantarse en el Remolar en media hora. En las inmediaciones de Barcelona hay playas demasiado guays como para remitirse siempre a lo mismo.

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9. Cenar paella congelada

Así de claro, de tajante, de preciso y de totalitario. Cada vez que veo a alguien cenando paella (mi ascendencia es valenciana y eso en la terreta es pecado) en la Rambla, me entran ganas de sentarme a adoctrinarles. Luego se me pasa.

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10. Caminar sin camiseta.

Ya no porque sea una horterada y contribuya a hacer de nuestra ciudad una extensión analógica del Vota mi cuerpo, eso es lo de menos. De hecho, hasta pienso que tiene su punto y no seré yo quien se posicione en contra de las libertades individuales cuando no dañen la de terceros. La razón por la que no lo haría es porque es ilegal y, si te descuidas, no es raro que te caiga una multa guapa.

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