Hay imágenes que se nos quedan grabadas en la retina, como la de esa tierra cuarteada que hace no tanto convirtió a este rincón en el triste emblema de la falta de lluvia. Pero la naturaleza siempre encuentra la manera de reescribir su guion, y el pantano de Sau ha recuperado su pulso líquido, devolviéndonos ese inmenso y silencioso espejo de agua abrazado por los bosques profundos de la comarca de Osona. A tan solo hora y media en coche desde Barcelona, este paraje se alza de nuevo como un refugio donde el reloj parece detenerse y el ruido del tráfico se cambia por el sonido del viento chocando contra los riscos.
Con este renacer, el valle entero se transforma en un inmenso patio de recreo para los buscadores de aire puro y turismo activo. Las opciones para exprimir los días libres aquí van mucho más allá de contemplar la orilla: los visitantes pueden lanzarse al agua para explorar ruinas milenarias sumergidas, adentrarse en los tupidos senderos de la sierra del Collsacabra o callejear sin rumbo por pueblos de un encanto medieval intacto. Es, en definitiva, una oportunidad inmejorable para conectar con ese patrimonio natural y arquitectónico que tenemos a un tiro de piedra de casa.
Dónde alquilar kayaks en el pantano de Sau
El pantano de Sau es un patio de recreo inabarcable para quienes buscan refrescarse. A través del Club Nàutic Vic-Sau o de empresas como Kayak Sau, es posible alquilar canoas o kayaks para deslizarse por el embalse con un objetivo fascinante: remar a escasos centímetros del campanario de Sant Romà de Sau. Esta joya arquitectónica del siglo XI quedó sumergida bajo la superficie en los años sesenta tras la construcción de la presa, y rodearla a ras de agua es una experiencia que impone. El club también facilita el equipo para practicar windsurf o esquí acuático.
Para los que prefieran mantener los pies en tierra firme, el entorno del pantano ofrece una red de pistas ideales para recorrer en bicicleta de montaña, vehículos segway o practicando marcha nórdica de la mano de Aquaterraclub. Y si lo que se busca es cambiar radicalmente de perspectiva, Baló Tour organiza vuelos en globo aerostático que permiten divisar desde el cielo la inmensidad de la llanura de Vic y la silueta del monasterio de Sant Pere de Casseres, un edificio benedictino encaramado sobre un meandro del río Ter que, desde las alturas, da la sensación de estar flotando.
Rutas de leyenda en el Collsacabra
Al ganar altura y adentrarse en el Collsacabra, el paisaje se vuelve salvaje. En esta zona de peñascos rotundos como los de Aiats, todavía se cuentan historias de Serrallonga, el mítico bandolero que utilizó los tupidos bosques de Les Guilleries como escondite.
El pueblo de Cantonigròs es el campamento base perfecto para los senderistas. Desde aquí parten rutas que trepan hasta los 1300 metros de altitud, donde descansa el santuario de la Mare de Déu de Cabrera. Otra excursión inolvidable y muy agradecida por la sombra que proyectan los robles, encinas y castaños es la que lleva hasta la Foradada, un capricho geológico de roca que parece sacado de un cuento.
Además, caminar por Osona es, en muchas ocasiones, viajar en el tiempo. La pista forestal que une los municipios de Tavertet y Rupit es la prueba de ello. La ruta arranca bajo la atenta mirada de la iglesia de Sant Crostófol en Tavertet, avanza bordeando desfiladeros tapizados de verde y cruza un hayedo umbrío y silencioso.
El premio al final del camino es Rupit. Cruzar su puente colgante de madera es el salvoconducto para adentrarse en un trazado medieval de calles escalonadas. Rodeando el pueblo, siguiendo el curso del torrente, se perfila un paseo a la sombra de las paredes de piedra natural que permite descubrir joyas como el puente medieval de Can Badaire, la fuente de Carreguell o los restos del antiguo palacio.
El encanto del Moianès y la mesa puesta en Vic
Más al sur, la orografía se suaviza al entrar en el Moianès, una comarca salpicada de localidades pequeñas y magnéticas como Calders, l’Estany o Moià. Sus senderos bien señalizados invitan a paseos amables (a pie, en bici o a caballo) hacia lugares insólitos: los «gorgs blaus» (pozas azules) de Monistrol, el pozo de hielo de Calders, los robledales de Collsuspina o el dolmen del Pla de Trullàs. Aquí también descansa el monasterio de Santa Maria de l‘Estany, una parada obligatoria para los amantes del románico, y la cueva del Toll.
Y para poner el broche de oro, la capital, Vic. Tras una jornada de naturaleza, su plaza de El Mercadal es el punto de encuentro ideal para curiosear entre tiendas de artesanía y productos locales. Una visita a su imponente catedral o al Museo Episcopal abre inevitablemente el apetito, que aquí se sacia por todo lo alto: una olla remenada, unos farcellets de col o una reconfortante escudella de carn d’olla son el peaje gastronómico obligatorio antes de emprender el camino de vuelta a la gran ciudad.